jueves 6 de enero de 2011

Criminales y rebeldes

Esta mañana escuchaba en la radio cierto debate por la liberación del odontólogo Ricardo Barreda, quien recientemente cumplió la condena que le fuera impuesta por el homicidio de su esposa, hijas y suegra en el año 1992. La discusión no giraba en torno al cómputo de la condena que determinó la libertad de Barreda, sino al curioso fenómeno que en su momento generó su caso: los periodistas no alcanzaban a entender cómo un hombre encontrado culpable de semejante crimen había gozado de cierto cuarto de hora de popularidad, en el cual no sólo se había convertido en objeto de la simpatía, más o menos disimulada, de muchos sectores de la sociedad, sino que hasta fue homenajeado con alguna canción medianamente popular.
 
Aún cuando resulte moralmente reprobable, no veo sin embargo que la idolatría que generan algunos criminales sea un fenómeno novedoso o inusual. Desde el "Che" Guevara a Ronald Biggs, no han sido pocos los delincuentes de diversa calaña que han generado simpatía y hasta calurosa adhesión a lo largo de la historia. Por cierto, no todas las historias de delincuentes populares son iguales. Mientras personajes como Robin Hood forman parte de una leyenda de "justicieros" que se rebelan contra una ley injusta y la violan en pos de un ideal noble, difícilmente pueda decirse lo mismo de un tipo como Barreda, más bien motivado en cuestiones puramente egoístas (deshacerse de una familia que supuestamente lo humillaba) y cuyo "momento de gloria" se debió más a una mañana de furia que a alguna clase de reivindicación social.
 
¿Qué es lo atractivo de Barreda, entonces?
 
Desde mi punto de vista, para entender el fenómeno que Barreda significó en su época, podemos remitirnos a la figura de un contemporáneo menos cruento y que despertó quizá una simpatía aún mayor: el tesorero Mario Fendrich. Un ya lejano día de 1994, Fendrich, quien trabajaba en la sucursal Santa Fe del Banco Nación, simplemente se dirigió a la bóveda del banco, tomó tres millones de pesos y se "mandó a mudar" dejando una nota. Después de ahí, y pese a que al poco tiempo fue apresado y condenado, se tejió una leyenda popular que ubicaba a Fendrich dándose la gran vida en Brasil, rodeado de bellas mujeres.
 
El punto de contacto entre Fendrich y Barreda fue la súbita transformación que tuvieron sus vidas a partir de un instante: de hombres grises con empleos aburridos y rutinarios a protagonistas de la primera plana de todos los diarios. En fondo, ambos no hicieron otra cosa que expresar la fantasía de millones de hombres sometidos a una vida opaca y lúgubre, que en algún punto sueñan con un rapto de locura que los lleve a rebelarse contra las ataduras que los mantienen ligados a esas existencias agobiantes y transformarse en rebeldes, en prófugos, en seres libres. El tipo que se pasa la vida poniendo sellos en la ventanilla de un banco, probablemente sueñe de vez en cuando con romper con todo, robarse unos millones y vivir como una estrella de rock. Barreda, al deshacerse de modo cruel y sanguinario de esas mujeres que representaban su opresión (opresión que en la vida de otros tantos, adquiere muy variadas formas), simbólicamente no hizo otra cosa que materializar la fantasía del que sueña con largar todo y ponerse un puesto en la playa.
 
Lo que despiertan los criminales no es otra cosa que la fantasía de una liberación de las rutinas y los compromisos diarios, de vivir una vida sin normas ni límites, sin el horizonte oscuro que presenta la rutina cotidiana.
 
Ciertamente, hay formas mucho mejores de dotar de sentido a la vida que robar un banco o agarrar una escopeta, lo cual no impide, por cierto, que esos criminales ocasionales y solitarios despierten recurrentemente las fantasías de las mujeres ingenuas y los oficinistas grises.

2 visitantes dieron su opinión:

Anónimo dijo...

Diego, un post interesante. En mi caso, siendo liberal, estoy del lado de los que "idolatran" a Barreda, pero más que nada como una forma de humor negro. El tema es que para mucha gente Barreda es un ídolo porque se animó a hacer algo que muchos harían con sus respectivas parejas y/o con ciertos parientes insoportables. Obviamente que yo no haría lo mismo que Barreda porque iría preso.

Y sobre este hecho puntual, hace poco hice una poesía sobre Barreda:

EL ODONTÓLOGO

Convivía con cuatro mujeres
que me trataban como un detrito.
Y un día me harté y dije basta.
Después de disparar la última bala,
sentí que había hecho un acto de justicia divina.

Yo les hablaba con amor
y ellas me respondían con rencor.
Todo el odio que destilaban hacia mí
un día se los devolví con perdigones.

Si el infierno fuese un país,
mi casa hubiera sido su capital.
Pero un día decidí cortar todo de raíz
y hacerme valer como persona.


Andrés

Dieguistico! dijo...

Andres, la verdad que tampoco da para idolatrarlo a Barreda. Es decir, puedo entender el fenómeno y hasta entender las motivaciones de él, pero el mundo no funciona resolviendo las cosas a los tiros. Una persona medianamente normal, en la misma situación, se mandaba a mudar y listo.