Resulta difícil no sentir tristeza e indignación con las historias de esos aborígenes sumidos en la miseria, cuya necesidad e ignorancia es aprovechada por comerciantes inescrupulosos o punteros políticos, que lucran con el engaño y la humillación. Muchas veces, esa indignación transmuta en culpa, en la idea de que esas personas burladas en su inocencia no son más que víctimas de una cultura ajena que los invadió, los sometió y les negó sus derechos más elementales. Más allá de que, históricamente, pueda ser innegablemente cierto que esos pueblos han sido víctimas de la crueldad de los conquistadores, no me convence la idea que de esa tragedia pasada se deba derivar una reivindicación de un modo de vida anclado en el pasado, tal como si fuera posible volver el tiempo atrás.
Una cosa es reivindicar los derechos de esas personas marginadas, en tanto seres humanos a los que no ha llegado la igualdad de derechos ni de oportunidades, y otra cosa es adscribir a esa utopía involucionista que es el indigenismo. Hay mucho de falso progresismo en la reivindicación de las culturas aborígenes, en la condescendencia hacia quien se ubica en el lugar de víctima, en lugar de respeto por quien se considera un par. Pero además hay un recurso mentiroso hacia la fantasía del buen salvaje, que no sirve sino como medio de rescate para posiciones autoritarias y antimodernistas.
I. Expectativas incompatibles
Independientemente de que pretender una reimplantación ortodoxa de culturas perimidas implica una vocación anacronista objetable como tal, el indigenismo tiene una contradicción de base entre ciertas expectativas mutuamente excluyentes. Se deplora la miseria, el hambre, el analfabetismo en el que se encuentran sumidas las poblaciones aborígenes, pero al mismo tiempo se pretende restablecer un modo de vida previo a la Conquista, cuya organización económica y avance científico no permitirían alcanzar los estándares de vida mínimos que provee la cultura occidental. Una vida inmaculadamente acorde a las tradiciones ancestrales es una vida sin medicinas, sin escuelas, sin energía eléctrica. Es decir, nada muy distinto a la miseria que se dice aborrecer.
La realidad, es que no se puede volver al pasado y al mismo tiempo disfrutar de las ventajas del presente. Por otro lado, el respeto a la diversidad cultural no exige la reimplantación de una sociedad congelada en el tiempo, inmóvil, incontaminada. Las culturas puras no existen. La historia de prácticamente todos los grupos humanos es una historia de mestizajes, de asimilaciones, de incorporación de elementos exóticos. Respetar la identidad de los pueblos aborígenes de ningún modo debe implicar condenarlos a vivir como en los tiempos precolombinos y convertirse en poco más que atracciones de zoológico. Se puede respetar el idioma, la historia, las creencias, el arte o la gastronomía de un pueblo sin por ello excluirlo del conjunto más amplio de una sociedad moderna.
Del mismo modo en que, como judío, no tengo ninguna intención de volver a la vida que teníamos cuando salimos de Egipto, y no me siento en modo alguno agredido ni discriminado por regirme por la Constitución argentina en lugar del Talmud, no veo por qué no debería suceder lo mismo con los miembros de los pueblos aborígenes. No entiendo por qué motivo no habrían de poder integrarse a la cultura occidental y disfrutar de sus beneficios, nutriendo asimismo esa cultura con sus propios aportes y folclorismos. Por el contrario, creo que en el rechazo a la integración se esconden ciertas mezquindades e inconfesables odios.
II. No se es libre de elegir si no se conocen las opciones
Debo confesar que no creo demasiado en la imagen del aborigen que reclama airadamente porque lo dejen mantener su estilo de vida tradicional, rechazando la contaminación de la cultura e instituciones occidentales. En primer lugar, porque los que aparecen en cámara son por lo general los jefes o caciques que basan su poder en el mantenimiento de esas estructuras tradicionales, y no los miembros rasos de las tribus, cuya voz raramente escuchamos. A nadie escapa que quienes detentan el poder no suelen ser los mejores jueces de la justicia o injusticia de un sistema social. Pero aún cuando fueran los hombres y mujeres de a pie los que reivindicaran su modo de vida ancestral, cabe preguntarnos: ¿acaso conocen otro modo de vida posible? ¿Dirían lo mismo si hubieran gozado de las comodidades de nuestras casas, si los hubieran protegido nuestras leyes, si nuestra medicina les hubiera salvado la vida? ¿Preferirían vivir de la caza y la pesca como hace cinco siglos, si tuvieran posibilidades reales de acceder a las universidades, de dirigir empresas o integrar un Parlamento?¿Defenderían tan apasionadamente su ortodoxia si percibieran como posibles otras formas de vida?
Quizá esté equivocado, pero creo que las demandas de esos grupos de aborígenes excluidos serían muy distintas si hubieran vivido en carne propia algo parecido a la igualdad de oportunidades que declaman nuestras leyes. Lamentablemente, su causa no ha sido enarbolada por los auténticos defensores de la libertad y el progreso, sino por sus enemigos. La causa indigenista no es hoy una causa libertaria -dentro de la cual podríamos defender el derecho de cada quien de vivir según sus creencias y tradiciones, si esa elección es genuinamente libre- sino en una mera excusa de los que anhelan una sociedad controlada y segmentada.
III. El indigenismo como excusa autoritaria
El actual auge del indigenismo no hay que tomarlo tanto como una súbita toma de conciencia de las penurias que padecen algunos de nuestros conciudadanos, sino como la nueva estrategia que han adoptado los enemigos de la modernidad y la sociedad libre. Una vez demostrada la falsedad científica del marxismo -en si mismo una ideología genuinamente progresista, en cuanto aspiraba a una sociedad supuestamente más evolucionada- las ideologías autoritarias no tuvieron otra opción que una reconversión hacia un conservadurismo que podríamos denominar "místico". Dado que la vía hacia el futuro no podía ser ajena a la democracia liberal, la reivindicación autoritaria tenía que venir del lado de la idealización del pasado. Si para los marxistas el capitalismo era una etapa perimida de la historia que precisaba ser superada, el neoautoritarismo acusa al capitalismo de haber destruido la tierra prometida.
En el fondo, el progreso social, el avance científico, la economía de mercado son vistos como pecados que nos arrojaron fuera del Edén, del mismo modo que Dios expulsó a Adán y Eva luego de comer el fruto prohibido. Una idea básicamente religiosa, acientífica, que también está en el mito del "buen salvaje" de Rousseau -no casualmente padre de los totalitarismos modernos- y que hoy adopta la forma del indigenismo o se escuda en un falso "multiculturalismo" capaz de unirse a las teocracias más salvajes de nuestros tiempos.
Para este nuevo autoritarismo, los padecimientos de los aborígenes sólo sirven en cuanto excusa para denunciar los supuestos crímenes del capitalismo. Si realmente les interesaran los seres humanos detrás de esa tragedia de miseria y exclusión, desearían incorporarlos al conjunto de una sociedad respetuosa de sus costumbres y valores -y también de su decisión de, eventualmente, abandonarlos libremente- en lugar de confinarlos al triste papel de recuerdos vivientes de un tiempo ido.
4 visitantes dieron su opinión:
Que reconfortante es encontrar un texto que dice mas o menos lo que pienso, pero bien expresado y fundamentado. No tengo mucho mas para agregar, solo queria dejar este comentario. Saludos.
Muchas gracias, a mi también me reconforta saber que hay otras personas que pueden coincidir con algunas de mis ideas.
muy bueno el artículo
hay que resaltar eso de que no se puede pretender los beneficios de la modernidad, sin ser parte de ella.
El modo de vida tribal es de subsistencia, donde el hambre fue siempre lo normal.
por lo que no se puede buscar culpables de su pobreza, cuando los alcances de ese estilo de vida son muy limitados.
fua boludo... un vez hice un planteo MUY similar al tuyo en un foro y se armó un tole tole...
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