viernes 27 de mayo de 2011

Adolescencia tardía



El tiempo que vivimos en la Argentina es un tiempo extraño. El otro día leía a una conocida actriz haciendo alarde de su flamante (y hasta ahora desconocido) compromiso político, comentando que había asistido con su hija a la última marcha del 24 de marzo. Recordé haber ido alguna vez a una de esas marchas... cuando tenía quince años de edad. Es decir que, para esta mujer, el compromiso político de la adultez pasa por un gesto que yo identifico con una cada vez más lejana adolescencia. Y ese caso se repite por miles entre cierta clase media acomodada, cierta elite de mediana edad con capacidad para fijar agenda, que reivindica como gran logro postular una visión de la realidad propia de la pubertad.

Es bastante sintomático (y acá retomo lo de que este es un tiempo extraño) eso de fijar postura frente a la realidad plantándose en una lectura deformada del pasado. Habla del estado de adolescencia que, epidémicamente, se ha apoderado de quienes, a su vez, se apoderan del debate público. A los quince años tiene sentido hacer una interpretación maniquea del mundo, conspirativa y anclada en el pasado. Porque a esa edad carecemos de la experiencia para interpretar la complejidad de la sociedad en la que estamos inmersos, por lo que es natural que basemos nuestra comprensión de los fenómenos sociales en una versión simplificada de las experiencias que nos transmiten los adultos. Además, mi generación ha tenido la particularidad de ser hija de padres que se reivindican a si mismos como jóvenes rebeldes de los años '60 y '70, lo que torna bastante comprensible que en nuestra adolescencia hayamos canalizado la rebeldía propia de la edad apropiándonos de los mitos rupturistas de la generación que nos precedió. De otra forma no se explica que haya calado tan hondo entre nosotros el rechazo a una dictura que, más allá de su crueldad, no vivimos en carne propia, ni tampoco otros aspectos más triviales como hacernos cargo de gustos musicales perimidos -el punk, los Rolling Stones- e incluso de una estética más propia del mayo francés que de la Buenos Aires de 1995.

Pero lo que es normal en un adolescente, no es sano para una clase dirigente. Gente grande y con responsabilidades no puede seguir mirando el mundo como un chico de escuela secundaria que recién está aprendiendo de qué va la vida. No quiero que se me malinterprete. No digo que sea malo in se asistir a una marcha en repudio de una dictadura horrible. Si lo es, en cambio, construir una identidad política peleando contra enemigos imaginarios. Porque lo que se le ha metido en la cabeza a toda esta runfla de clase media (autoproclamada) progresista, es que los males del presente son producto de una conspiración encabezada por los malos del pasado, por lo que el derrotarlos definitivamente nos permitirá volver a una suerte de "tierra prometida" en la que no habrá desigualdades ni pobreza, todos seremos felices y comeremos perdices.

Evidentemente, la realidad no es producto de ocultas conspiraciones, de malvados de historieta que nos quieren sojuzgar y oscuras corporaciones todopoderosas. Lo que vivimos es, en cambio, consecuencia de más visibles, y a la vez inasibles, interacciones entre millones de personas con intereses diversos. Es difícil describir un entramado tan complejo, pero baste decir que el hambre de los niños formoseños no es culpa de perversos magnates que buscan la dominación mundial, sino de un contexto institucional que hace que millones de argentinos desconfíen de su propio país, no inviertan, no generen conocimiento, ni riquezas, ni trabajo digno y bien remunerado. Nadie puede controlar las decisiones individuales de esos millones de personas con intereses diversos. Ni los malvados de turno, ni los supuestos héroes que vienen a liberarnos de ellos.

Y aquí viene otro rasgo eminentemente adolescente de nuestras elites. Esa dualidad de creerse por un lado todopoderoso y por el otro víctima de fuerzas ajenas e incontrolables. La creencia de que podemos moldear el mundo a nuestro gusto (como esas estudiantes insoportables que creen seriamente que el destino de la humanidad puede modificarse militando en Greenpeace), y que si no lo logramos es simplemente porque alguna fuerza oculta nos lo impide. A nivel individual, cuando maduramos comprendemos que las reacciones de los demás no suelen amoldarse a nuestras expectativas, que nuestras ideas no son tan geniales, que solemos hacer estupideces, equivocarnos, y que generalmente somos los únicos responsables de nuestras malas decisiones. A una sociedad debería sucederle lo mismo: darse cuenta que sus miserias no se originan en enemigos externos, ni sus líderes pueden acabar con ellas solamente declamando buenas intenciones. Más aún, comprender que muchas veces esas buenas intenciones producen efectos exactamente contrarios a los buscados, no porque el FMI, el Grupo Clarín o Lex Luthor estén empeñados en embromarnos, sino porque generan incentivos que hacen que la gente actúe de modo distinto al esperado.

Por eso le digo a esa bella actriz devenida militante que madure. Que no acepte esa lógica simplista donde el que piensa distinto es un enemigo, parte de la conspiración antiargentina. Que el compromiso político no debería pasar por aplaudir gritando "justicia" por el sólo hecho de que un par de viejos malparidos y decrépitos vayan a pasar los pocos días que les quedan en una cárcel. Que eso no mejora nuestro hoy, ni cambia para bien nuestro futuro. Que si realmente quiere hacer una contribución a un país mejor, trabaje en soluciones concretas, y no en meras proclamas, para que la educación de nuestros jóvenes no se siga deteriorando. Para bajar la deserción de nuestras escuelas secundarias del lacerante 60 % actual, que nos deja debajo de países vecinos como Paraguay, Perú o Bolivia, y condena a millones de personas a un futuro de miseria. Que estudie y se interiorice de los mecanismos que rigen la economía y la sociedad, que forme su opinión en base a datos concretos y no a meros panfletos que dibujan una versión caricaturizada de la realidad. En definitiva, que se comporte como un adulto, y no como una adolescente ingenua que piensa que el mundo se divide en buenos y malos, que las guerras se terminan repartiendo flores y que sus padres son malvados porque no la dejan ir a un recital. 

4 visitantes dieron su opinión:

Valeria dijo...

Lucidez de principio a fin. Exponés magistralmente lo que muchos pensamos.

Anónimo dijo...

http://www.lavoz.com.ar/noticias/politica/afip-salio-controlar-uno-uno-que-compran-dolares ¿Que dirán los "liberales" serviles de la Afip????

Anónimo dijo...

Tomar posición es una postura valorable y necesaria. Participar en politica no es un capricho adolescente. Este articulo es pelotudo, típico de un liberal anti-politico, que desea vaciar de contenido la acción militante.

Saludos.

Deaf Policeman dijo...

Me parece que te estás equivocando al comparar la militancia con un "síntoma" de la adolescencia.
Los jóvenes tienen necesidades y dificultades, no veo cual es el problema de expresar eso por medio de la militancia política.
Además es hora de darse cuenta que la edad y la capacidad de liderazgo no están necesariamente relacionadas.