viernes 3 de junio de 2011

¿Pueden ser las internas abiertas el salvavidas de una oposición fragmentada?

Con el operativo "Cristina ya ganó" a toda marcha, no son pocos los que suponen que el resultado de las elecciones presidenciales de octubre ya está cantado, y la suerte de la oposición sellada. Más allá del lógico interés de los partidarios del oficialismo en insistir en que la reelección de la presidente es un hecho irreversible -lo cual no es otra cosa que una previsible estrategia electoral- lo llamativo es que esa supuesta certeza se ha apoderado del periodismo medianamente independiente, los empresarios y hasta la mayoría de los propios dirigentes opositores. Llamativo por cuanto, si bien es cierto que, según las encuestas, la intención de voto de la presidente se ha recuperado consistentemente desde los mínimos que tocara hace dos años, y la fragmentación y aparente falta de vocación de poder de los candidatos alternativos no parecen ser la mejor carta para entusiasmar a los votantes, tampoco es seguro que la cosa le vaya a resultar tan fácil a las huestes oficialistas, máxime si se considera que el antecedente electoral más cercano es la derrota en los comicios legislativos del 2009, y las elecciones locales que se han llevado a cabo en los últimos meses -si bien han deparado victorias al partido gobernante- tampoco han mejorado las performances obtenidas en esos mismos distritos en el año 2007, cuando el oficialismo a duras penas pudo superar el 45% de los votos necesario para evitar la posibilidad del ballotage.

En realidad, lo que más contribuye a alimentar el triunfalismo oficialista, no parecen ser tanto sus propios méritos, sino la desorientación de una oposición que no atina a aglutinarse tras un discurso coherente, que le permita presentar una opción sólida y con posibilidades reales de victoria suficientes para atraer al electorado. Antes que eso, el variopinto arco opositor insiste en deshilacharse en tibiezas y rencillas personales. No es extraño, entonces, que frente a ese panorama de dispersión, muchos votantes indecisos que bien podrían optar por el cambio, si percibieran la posibilidad cierta de que tal cosa acontezca, se terminen inclinando por sufragar a favor de la presidente, aunque más no sea por considerar que es mejor el malo conocido. Después de todo, casi nadie es amigo de los saltos al vacío.

Pintado así el panorama, es comprensible la euforia de oficialistas y la resignación de los opositores que no logran afianzar vínculos estables entre si. Sin embargo, a esa postal del futuro electoral le falta, a mi entender, un pequeño detalle que puede variar radicalmente las expectativas: las internas abiertas obligatorias pautadas para el 14 de agosto.
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Como es sabido, en la última reforma a la Ley Electoral, se introdujo como novedad la realización de una elección interna abierta y obligatoria, en la que todos los postulantes a la presidencia deben presentarse como requisito para poder participar de los comicios generales de octubre, aún cuando no enfrenten a ningún rival interno. Además, los candidatos que no obtengan por lo menos un 1,5 % no podrán participar de la elección presidencial.

Pese a que probablemente el objetivo original de esta reforma haya sido perjudicar a los partidos de oposición y mejorar las chances del oficialismo, desde mi punto de vista el efecto puede ser paradójicamente el contrario.

Decía antes que la principal ventaja con la que cuenta el oficialismo es la dispersión de la oferta opositora. Pues bien, la realización de la interna abierta de agosto puede precisamente servir para condensar el voto opositor en un único candidato competitivo. Imaginemos esta situación: en la elección de agosto se presentan los distintos candidatos, sin competir contra ningún rival interno, y la presidente obtiene cerca del 40% de los votos, Ricardo Alfonsín el 25%, Eduardo Duhalde el 15%, Elisa Carrió el 10% y candidatos diversos los votos restantes. ¿Qué pasaría en la elección de octubre frente a los resultados de esa suerte de encuesta inobjetable que serán las primarias abiertas? Una posibilidad no desdeñable sería que, ante la perspectiva de que el oficialismo no supere holgadamente el 45 % de los votos necesario para evitar la segunda vuelta con independencia de los demás resultados (si sacara menos de ese porcentaje, debería obtener una ventaja mayor a diez puntos sobre el segundo candidato más votado), los votantes opositores se volcaran en una proporción significativa hacia el candidato alternativo con mayores chances. Después de todo, ¿quién insistiría en "tirar" su voto depositándolo en un candidato probadamente sin posibilidades?

De este modo, la unificación de la representación electoral opositora, que hasta ahora no se ha logrado por la mezquindad y falta de visión de sus dirigentes, se lograría igualmente por la acción de los ciudadanos. El candidato opositor mejor posicionado aglutinaría los votos de aquellos otros postulantes que hayan quedado relegados, e incluso del variado conjunto de partidos que no hayan superado la barrera del 1,5 %. En el ejemplo anterior, y aún suponiendo que sólo la mitad de los votantes de Duhalde, Carrió y los candidatos más relegados optase cambiar su elección y sufragar a favor de Alfonsín en octubre, éste estaría obteniendo un 42,5 % de los votos que lo depositarían en una segura segunda vuelta, en la que sus chances se incrementarían además por el envión ganador que representaría semejante engrosamiento en su caudal electoral.

En un escenario en el cual ni los más optimistas encuestadores oficialistas preveen que la presidente pueda alcanzar el 50% de los votos (en general, las estimaciones la ubican entre el 40% y el 45%), no es impensable una situación como la planteada.

Claro está, las chances reales de la oposición dependerán de saber aprovechar la oportunidad que les brinda un sistema electoral de virtual triple vuelta, en la cual los candidatos menos competitivos pueden ser descartados en una elección primaria. Para ello, deberán no sólo hacer más consistentes sus propuestas y abandonar disputas personales más propias del teatro de revistas que de la arena política, sino también demostrar al electorado una genuina vocación de triunfar y ejercer el poder.

3 visitantes dieron su opinión:

Anónimo dijo...

Yo creo que a la oposición en su conjunto le conviene adelantar la elección de octubre a las internas abiertas de agosto. ¿Por qué? Porque ahí se verá qué candidatos tienen más fuerza y quienes deberán, en todo caso, retirarse. De esta manera, no se atomizaría tanto la oposición.

Ya sé que estamos en Argentina, pero la cosa para las internas debería ser así: "el que gana, gana y el que pierde, acompaña".

Andrés

Dieguistico! dijo...

Andrés, coincido totalmente. El tema es que cada uno cuida su quintita, y el problema es que en octubre se definen diputados, por eso nadie va a querer ceder. Igualmente, mi impresión es que los votantes van a condensar la oferta electoral más allá de lo que hagan los dirigentes.

santiago dijo...

diego, fui alumno tuyo en la uba, me parecian muy entretenidas tus clases por la forma que tenias de explicar y los ejemplos divertidos que dabas, muchas veces ligandola en ellos algun jugador de la seleccion y cosas por el estilo.

me parece muy interesante los puntos de vistas que expones en el blog, que estando o no de acuerdo con ellos siempre estan muy bien fundamentados.

el otro dia leyendo lo que escribio fito paez no pude evitar recordar la nota que escribiste sobre los artistas un tiempo atras.

la verdad que no pudiste estar mas acertado.

saludos